40 años de amarguras: Los radicales y el carrito perdedor de Macri, que nunca quisieron soltar

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Santa Rosa (por Jotaté, para 2b)- Sobre la calle Pellegrini al 534 deambulaban pesadas caras de tristeza. Un reducido puñado de militantes del radicalismo caminaban a paso zombi, escaneando el piso y palmeándose los hombros: se les había metido un Mauricio Macri en los ojos. Se miraban, lagrimeaban y concluían: “ Nos cagó Macri”; así se confesaban de crudo los desgarrados  militantes, asimilando lentamente la derrota, tras haber quedado pegados con Mauri. Pero, ¿no la vieron venir? Porque ya parecía tarde cuando Leandro confesó su simpatía por Martín Lousteau. Kroneberger y Altolaguirre, dos participes del tobogán descendente de macrismo.

Un Boina blanca de la vieja guardia sí la vio venir: Había caminado las calles de los barrios ya hace un tiempo porque vive en Villa Parque, y porque sabe que muchas familias de la ciudad -independientemente de la infraestructura abandonada de Santa Rosa en las últimas décadas y dela mierda derramada, en cada equina o en cada pozo- vivir no es más que arder en precios de comida y tarifas.

“¿Vendrá Leandro?”, se preguntaba el cronista en la sede. Pero ya poco importaba: “no sé…» decían. La base militante estaba enojada, sentían  el efecto de la “nacionalización” de la contienda, propuesta por su viejo rival, que ya unificado es tan fuerte como un demonio. Por eso, también, el radicalismo- en este caso en Santa Rosa- había apelado a un discurso nostálgico de comunicación: ya no era el futuro ni la modernización; sino que había que volver a una Santa Rosa del pasado (por ejemplo, resucitar un molino de 1940 para eventos culturales), como cuando íbamos a Robocop o salíamos a la discoteca el Sol. Porque como se mostraron en algunos spots de campaña, se podría decir que el radicalismo imaginaba una ciudad tipo ciberpunk y contaminada, cargada de pasado y consciente de la poca voluntad que existe para arreglarla. El radicalismo peco de realista.

Durante toda la mañana, el militante del radicalismo sabía que ya el domingo venia triste y oscuro. Él, que recorría las calles de los barrios, sabía, que los peronistas ya tenían parte de Santa Rosa en sus manos…que volverían: porque en elecciones anteriores como en 2015 o 2017, se los chocaba de frente en cada puerta, en cada esquina. Es como si el hecho de ver al peronismo no tranquilo sin hacer nada los inquietara.

Pero el efecto Bandwagon (efecto arrastre)de la derrota siguió su arrastre, como había sucedido semanas atrás, en la ciudad de Córdoba, la segunda ciudad del país, donde el radicalismo perdió el bastión después de 20 años; y todo parece indicar queya ni el tan denostado “cordobesismo” le queda a Macri. Ni tampoco las capitales, la grandes urbes, allí donde el Cambiemos había construido el “voto macrista”.

Altolaguirre con su campera roja junto a un puñado de periodistas reconocía la derrota, Daniel Kroneberger, swetter beige claro y camisa, se paraba en una vereda oscura alumbrado por un led blanco de bajo consumo público, y la re- re- re reconstrucción permanente: “Esto nos pasó por juntarnos con estos oligarcas”, repetía el militante, el de las calles de boina blanca.

 

 

 

 

 

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