Más peligroso que dormir en la mansión de Michael Jackson: Un cura de Alvear denunciado por acosar sexualmente a un seminarista de 19 años

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Santa Rosa (2b)- Una acusación sobre acoso sexual recae sobre un cura con un prontuario extenso y oscuro. Se trata del sacerdote José Miguel Padilla, ex capellán carapintada, negacionista del terrorismo de Estado, aplaudidor de la campaña del desierto y ferviente anti Kirchnerista; Padilla, está a cargo de una parroquia y de un colegio en Intendente Alvear, y fue acusado por Vicente Suárez Wollert: un ex aspirante a monje, santafesino,  que se había mudado a Alvear para iniciar su carrera eclesiástica a los 19 años.  Según Wollert, mientras pasaba sus días en el Monasterio soportaba largas noches de insoportables acosos sexuales por parte de Padilla. La denuncia se viralizó por twietter y desató el escándalo en el pueblo.

Los Capuchinos Recoletos llegaron a Intendente Alvear La Pampa, en el año 2004 por pedido del entonces obispo Rinaldo Fidel Brédice y donde tienen a cargo la parroquia, un convento y el Colegio Secundario Nuestra Señora de Luján. Los Recoletos, representan el costado más conservador de la iglesia católica, fieles a las tradiciones más duras, los Capuchinos, poseen una fraternidad llamada «Belén» y en sus estatutos aclaran: “Los miembros de esta fraternidad se proponen ante todo buscar la perfección de la caridad, es decir tender fervientemente a la santidad de vida para la mayor Gloria de Dios, de acuerdo a la espiritualidad franciscano capuchina, acentuando la sublime Cátedra de Belén, como camino de recolección”. Tienen tres casas religiosas. Una, en Intendente Alvear, La Pampa. Allí llegó Vicente Suárez Wollert con la pretensión de hacerse monje, hasta que todo se convirtió en una pesadilla.

Según los relatos de Vicente Suárez Wollert, cuando tenía 19 años recibió el llamado del Padre superior del convento Inmaculada Concepción, de Intendente Alvear. Allí, el joven había empezado a recibir tratos especiales de parte del cura, hasta que un día, el ex Capellán de carapintadas, Padilla, lo invitó a su habitación, bajo la excusa de que debía medirle la presión arterial y ponerle crema en un tobillo, lastimado producto de una caída.  En tanto Wollert,  fue a su habitación, le midió la presión, le aplicó la pomada en el tobillo.

«Me dijo que nadie lo iba a hacer mejor que yo. Dije que sí, que iría, y pregunté si tenía que ir con mi Ángel Guardián, que me seguía a sol y a sombra. Me dijo que no, que tenía que ir solo. Fue ahí que pasó: primero dijo una serie de incoherencias, que uno tiene que compartir el alma. Esa frase siempre la decía para justificar las groserías que decía o cuando se propasaba. Hasta ahí no había contacto físico. Me empecé a ponerme nervioso. Intento salir de la habitación, pero el salta de la cama, me agarró de atrás, me besó el cuello y me dijo que yo era solamente de él. Me acuerdo las palabras justas que me dijo: «Ya te siento un poquito más mío». Pensé que estaba poniendo a prueba mi castidad. Cualquier cosa pensé, menos que la persona que estaba encargada de cuidarnos, iba a tener este tipo de intenciones».

La denuncia

Vicente Suárez Wollert contó hace unos diez días en su cuenta de Twitter sobre el infierno que vivió en Intendente Alvear.  Después, aceptó una entrevista en el programa Puro Cuento de Radio Costa Paraná 88.1, que fue reproducida por el portal Entre Ríos Ahora.

-¿Qué rol cumplía ese sacerdote?

-Es el fundador de la congregación y el superior actual. No me animaba a contar esto, porque pensaba qué podía pasar. Pero ahora poco me importa lo que pase. Todo eso que pasó se lo conté al obispo (auxiliar de Santa Rosa) Luis Martin, a través de un correo que le envié. No me contestó. Le envié un segundo correo. Llamé al obispado. Además, este sacerdote, después de que salí del convento, consiguió mi número de teléfono y me envió una serie de mensajes. Hice captura de esos mensajes y se los envié al obispo, y no hubo una sola contestación.

Pero el auténtico calvario no tenía fin: «Había poco tiempo, mucho silencio, bastante disciplina y ningún espejo en el convento», sostuvo el ex diácono.

A continuación el relato de Wollert en primera persona.

-No había espejos, por lo que no supe en mucho tiempo cuál era mi aspecto. Me observé en el reflejo del vidrio de un estante de la biblioteca y por primera vez pensé que de verdad era una linda persona. Sobre mi hombro vi al superior de la comunidad observándome… ‘Cagaste, Ruso. Vanidad’. Fingí estar retirando suciedad del vidrio, pero fue en vano. Se acercó, me recriminó tal acto de vanagloria y agregó: ‘Y pensó bien, hermano Vicente. Usted es verdaderamente precioso’. Poco acostumbrado a recibir halagos y sorprendido, sin dudas, siempre esquivo a los mismos, lo tomé como una muestra de paciencia a mis torpezas. Seguidamente, me pidió que luego de las oraciones de la noche pasara por su celda -siempre inaccesible para la comunidad- a medirle la presión arterial y colocarle una pomada antinflamatoria en el tobillo como tratamiento a una caída bastante severa que le afectó esa parte del cuerpo. Lo tomé como una muestra increíble de confianza”.

«Debía atravesar un largo salón que usábamos para la catequesis, una puerta, otra puerta y la mirada fija para no pensar en la terrible fobia que le tenía por aquel entonces a la oscuridad. Golpeé la puerta. Pasé», dijo. «El superior ya estaba sin su hábito. Era un hombre muy grande, de buen físico pese a estar entrado en años. Medí la presión, valores normales, también su pulso. Coloqué la pomada y apliqué calor según las indicaciones médicas. Sentí un leve quejido y le pedí disculpas”, recuerda en su relato».

«A usted le perdono cualquier cosa, mientras sea solo mío», le dijo el superior en aquel momento.“Quedé helado pensando por pocos segundos qué quiso decirme y una vez más fue el humor mi escapatoria: ‘Padre, creí que el voto de pobreza no le permitía tener nada como propio’”, le dijo.

«Entones -recordó- el superior lanzó una fuerte carcajada – de esas prohibidas por el manual de costumbres del convento – y rompió el Gran Silencio obligatorio al finalizar las oraciones, pero al menos me alegró verlo un poco mas suelto, más humano. Sin embargo mi incomodidad era notoria”.

«Relájese. Hay que saber compartir el alma», le dijo Padilla, según su relato. “Esa sería su frase recurrente y su mejor excusa a partir de entonces: compartir el alma. Aquella noche, mientras realizaba mi tarea, atinó a acariciarme un brazo y a preguntarme qué llevaba debajo de los hábitos. Ya temblaba. Al levantarme de la silla, despedirme y dar media vuelta, se levantó de un salto (¿Y el tobillo?) me abrazó por detrás, me besó el cuello y me dijo al oído: ‘Mío, de nadie más, mío’».

Quiso ignorar lo que sabía que había pasado. “Esa noche no recé mis oraciones en la celda. Estaba triste. Me saqué los hábitos, caminé por el pasillo, utilicé el baño e intenté dormir. Dentro de la habitación donde fui a atender al sacerdote había una especie de mini capilla donde celebraba misas privadas ¿No pensó que el mismo lugar donde buscaba satisfacer sus pasiones más bajas estaba en la presencia de Dios? Lo más triste es que a pocos metros estaban mis papás, que habían ido – con mucho esfuerzo- a visitarme tan lejos. No podía hacer más que pensar en ellos. En buscar las palabras para decirles que me sacaran de allí cuanto antes. Nunca lo hice. Me invadían las preguntas, las dudas, los miedos. Trabé la puerta – algo también prohibido – por miedo a que aquella noche entrara en algún momento. ¿Me seguiría molestando? ¿Me va a echar si no le sigo la corriente? ¿ Será que solo buscó probarme? En algún momento logró vencerme el sueño y el cansancio, porque me despertó el repique de campanas indicando que comenzarían las oraciones”.

El calvario en el convento no se detenía. “Por las noches, debía continuar las visitas a la habitación del cura. Esa noche fui con la esperanza de que le diera vergüenza lo que había hecho la noche anterior. Tomé una distancia tajante. Ni siquiera esbocé una sonrisa”, contó.

Pero el superior lascivo seguía con su acoso:

-Cada día lo siento un poquito más mío.

No respondí nada.

Se enojó. Y dijo, con gesto displicente:

-¿Ya vamos a mariconear, hermano Vicente? ¡Bueno, señorita, mueva las tetas, enfermera! ¡Que la tratan bien y se retoba!

Siguió con su acoso. “Lloré. El se reía a carcajadas. Pensé en las costumbres del convento y el silencio y aquella prohibición que teníamos de llorar. Cada vez que me levantaba a tomar un elemento, atinaba a querer -criollamente hablando- tocarme el culo. Le pegué con el estetoscopio en la muñeca”.

El padre fundador seguía acosándolo. “Pensaba en el gran silencio y no respondí. Temblaba. Otra vez quería llorar. Mamá. Papá. ¿Por qué no les dije nada? Otro manotazo. Tomé las cosas y salí. Atropellé cuanto había a mi paso. Ni pensé siquiera en mi temor a la oscuridad. Mi celda, trabé la puerta. Me senté en el suelo: me salvé un día más. O eso creía cuando sonó la campana de la enfermería y tuve que salir corriendo: un hermano estaba con vómitos. Casi en simultáneo llegó el cura, indicándome que guarde silencio porque así lo establecían las reglas del convento. Cinismo puro”.

-Usted -susurró, acariciándome la espalda- tiene una delicadeza especial con los enfermos. Por obediencia, queda a cargo de la enfermería.

“La puta que lo parió”, pensó.

Lo escuchó al padre fundador decir una nueva orden para él:

-Necesitaría que me vuelva a tomar la presión. Lo espero en la celda.

“Junté coraje y fui, con la piel de gallina. Le mentí sobre sus valores de presión. Los exageré para que otro hermano se lo llevara al hospital, pero me llevaron a mí. Desde entonces, debía acompañarlo a todo lugar al que iba, soportar sus comentarios, sus alardes. su falsa devoción, sus obscenidades, los manoteos, arrinconadas, a la par de sus reflexiones del sermón del domingo. Ver cómo la misma mano que daba la Eucaristía a los niños me hacía señas invitándome a coger. La misma boca que me absolvía en la confesión me afirmaba cuánto lo calentaba. Por obligación, yo era el favorito. Recibí antes los hábitos y me cambiaron el nombre por uno religioso: Matías de San José. Pero en el pueblo todos me conocían por Tato o simplemente Vicente. Mis papás me llamaron por teléfono al llegar a casa. Estaban bien, me extrañaban. Yo les dije también que todo estaba bien por allí. Se escuchaba un zumbido: desde alguna línea interna se escuchaban nuestras conversaciones. En las visitas siempre había un hermano más avanzado en años escuchando. Las cartas eran leídas antes de ser enviadas. Las recibidas, también. Las visitas, contadas. Las salidas, siempre justificadas y acompañados. Las costumbres del convento de las que hablo, muy claras: no cruzarse de piernas, no tutearse, no alzar la voz, no contar chistes, nombrar a Dios cada quince palabras aproximadamente (imposible), no hablar con mujeres que no sean de la familia. Siempre pensaba que tanta rigidez ocultaba serias patologías. De hecho, me tocaba soportar de parte de mi superior el desborde de tanta cosa reprimida, tanta devoción absurda, tanto hermetismo ridículo. Un día le dije que en la próxima visita del obispo le contaría la verdad. Otra vez la carcajada:

-Al obispo lo tenemos agarrado de acá (se sujetó a la altura de la ingle). Contale lo que quieras.

Agaché la cabeza, me mordí el labio inferior, apreté el rosario

Un día decidió dejar ese lugar. Y volvió a su pueblo, Santa Elena.

Dijo que sabe que no fue el único abusado. Otros le han confesado estragos parecidos en el convento. Está decidido a contar lo que le ocurrió. Sólo que avanza con mesura.

-Esto no puede quedar en secreto de confesión, o en charlas privadas.

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