Buenos Aires (2b)- Se llama Gerardo Berretino, y dedicó la gran mayoría de sus 32 años de lleno a su pasión por la aviación tanto como piloto comercial, instructor de vuelo y técnico aeronáutico. Pero el 1 de septiembre de 2013 todo se derrumbó, cuando sufrió un grave accidente durante un vuelo de instrucción en el que salvó de milagro su vida, lo que sólo fue el inicio de largo calvario que parece no tener fin, porque tras mantenerse postrado por más de un año y una larga recuperación de varios meses en una silla de ruedas, ahora la justicia le dio otro golpe, al revocar una sentencia a su favor contra la escuela de aviación cuya nave lo hizo estrellarse.: “Estoy endeudado porque tuve que pagar mis operaciones y mis prótesis. No tengo nada. El precio de estar vivo lamentablemente es este, pero no el hecho de que la justicia no me ampare. Lo único que pido es ser escuchado. La justicia me abandonó y todo esto me arrebato mi profesión, mi futuro, mi sueño y mi vida”, dijo.

El joven piloto bonaerense contó a Diario Popular que aquella vez «junto a otro compañero despegamos del aeropuerto de Morón con rumbo a las Flores», con la idea era hacer una escala en el aeródromo de Lobos. «A la vuelta, despegamos normalmente y a los 10 minutos el motor falló. Tratamos de re encenderlo pero la falla no nos dejó otra alternativa que intentar aterrizar de emergencia”.
Gerardo recordó que en ese momento y con el poco tiempo que tenían para resolver la emergencia, vieron delante un campo recién cosechado, el cual es ideal para aterrizar porque la tierra está dura. Sin embargo, estaba rodeado de árboles. El piloto logró ingresar al campo entre las arboleadas que estaban separadas por más de 20 metros, pero la suerte los abandonó:. “Entre ese conjunto de árboles salía un cable de acero elevado a unos 15 metros del suelo. Estos cables son casi imposible de ver desde la cabina de un avión”, contó.
Así fue que la avioneta se enganchó con el cable y se estrelló de trompa contra el suelo a aproximadamente unos 80 kilómetros por hora. Tanto Gerardo como su compañero salieron despedidos: él quedó con la rodilla derecha totalmente destruida y varias fracturas en otras partes del cuerpo. “Cada golpe, cada vuelta que di en esa despedida, aún la puedo sentir”, relató.

Tras el accidente, fueron derivados al Hospital Zonal General de Lobos, donde quedaron internados con traumatismos y quemaduras. “Desde el momento en que los bomberos me pusieron en la camilla hasta el día de hoy siento el dolor. No tuve un solo día de alivio en cinco años y medio”, dijo.
Ese sería sólo el inicio del calvario, porque tras la internación siguieron las cirugías: “Estuve dos meses en terapia intensiva, mi vida estuvo en riesgo en dos oportunidades, contraje tres gérmenes intrahospitalarios e ingresé al quirófano 13 veces. Todavía tengo por delante tres operaciones, y el dolor en mis huesos sigue tan vivo y latente como el primer día”, dijo.
Sin responsables
Tras el accidente se pudo corroborar que las causas estuvieron en la falta de control y de mantenimiento por parte de la empresa. Más allá de esto y de estar registrado en la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC) como instructor, la escuela de aviación Lupetti tenía a Gerardo en negro, es decir sin aportes y lo más grave: ni obra social ni ART.
“Comenzamos el juicio y logramos embargar siete aviones y que se emita la prohibición de vuelo de estos. Tres jueces del Tribunal de Trabajo nº3 de Lomas de Zamora firmaron el expediente que tenía 750 fojas con accidentes de aeronaves iguales o similares a la que yo manejé. Sin embargo, y con tan sólo un escrito que presentaron los demandados, los jueces dieron vuelta la prohibición. Sé que compraron aviones nuevos por suma millonaria, pero por el otro lado le dicen al juez que no tienen plata para pagarme, es insólito”, explicó.
Con esta resolución, hoy la escuela de aviación tiene en el aire a cinco de los siete aviones embargados; los otros dos son, prácticamente, chatarra. Gerardo no encuentra consuelo ni explicación en el accionar de la Justicia: “Yo no entiendo como en tan sólo una semana cambiaron de parecer con la única excusa de que la compañía no tiene patrimonio para resarcirme. Lupetti compró nuevos aviones y los pusieron a nombre de sociedades para evadir su patrimonio, con lo que dan fundados motivos para creer que no voy a cobrar nada cuando salga la sentencia del juicio».
La justicia, con este fallo, dice Gerardo que lo abandonó y «arrebatóo mi profesión, mi futuro, mi sueño y mi vida”.




