Buenos Aires (2b) – En el subsuelo del poder argentino se teje, desde hace meses, una relación tan inesperada como estratégica: Karina Milei y Cristina Fernández de Kirchner mantienen un canal de interlocución reservado que, según distintas fuentes, se habría intensificado en las últimas semanas. La conexión —discreta, pragmática y con un claro trasfondo de poder— volvió a cobrar protagonismo cuando el Congreso quedó dividido en mitades casi equivalentes entre el peronismo y La Libertad Avanza.
En ese escenario de paridad legislativa, la hermana del Presidente habría instruido a su entorno más cercano, encabezado por Martín y Eduardo “Lule” Menem, a acelerar las conversaciones con Cristina en torno a la designación de nuevos jueces para la Corte Suprema. Un terreno sensible donde se juegan equilibrios institucionales, impunidad y proyecciones futuras.
El dato no es menor: la iniciativa de Karina colisiona con los planes de Santiago Caputo, el estratega presidencial, que pretendía reservar esa negociación para el viceministro de Justicia, Sebastián Amerio. El tablero interno se fractura: Caputo busca ordenar el frente judicial, mientras la “Jefa” del entorno libertario opera por carriles paralelos, en contacto con el peronismo cristinista.
El antecedente inmediato de este vínculo fue el episodio de la custodia de Cristina. Apenas iniciado el gobierno libertario, Patricia Bullrich quiso reemplazar a la escolta de la ex presidenta, pero Karina intervino personalmente para impedirlo. “Bullrich le quiso cambiar la custodia y Karina llamó para decir que no”, confió un dirigente que conoce a ambas. Ese gesto marcó el nacimiento de un diálogo de respeto político, cimentado en la lógica del poder antes que en la ideología.
Desde entonces, Cristina habría ordenado a sus legisladores suavizar los ataques al oficialismo. No por convicción, sino por cálculo: evitar que el PRO o el macrismo —aún heridos pero expectantes— recuperen posiciones institucionales. No es casual que, en su momento, el kirchnerismo votara a favor de las designaciones de Martín Menem y Bartolomé Abdala para presidir las cámaras del Congreso, cerrándole el paso a Cristian Ritondo.
Los resultados de esta comunicación “secreta” ya dejaron huellas. La interpelación a Karina por el escándalo de coimas en Andis se diluyó misteriosamente en el Senado, pese al impulso inicial del salteño Sergio Leavy. Algo —o alguien— intervino desde las sombras para desactivar el operativo. Lo mismo ocurrió en Diputados, donde la comisión que investigaba la estafa Libra entró en un paréntesis llamativo, y la ley de Ficha Limpia, impulsada por el macrismo, se cayó cuando una decena de libertarios decidió no presentarse a la sesión.
Cristina encontró en Anabel Fernández Sagasti su enlace con el entorno de Karina Milei. La senadora mendocina, una de las espadas más leales de la ex presidenta, mantiene fluido diálogo con ministros y operadores libertarios. De hecho, se menciona también al ministro bonaerense Juan Martín Mena como el intermediario elegido por Cristina para transmitir sus posiciones, luego de haber enfriado su confianza en Wado de Pedro.
La ecuación es clara: Cristina garantiza gobernabilidad legislativa a cambio de influencia en el área judicial, el territorio donde el kirchnerismo aún libra su batalla existencial. Karina, por su parte, consigue un blindaje político personal y un acceso privilegiado a un interlocutor que, aunque retirada del poder formal, sigue moviendo piezas decisivas en el Senado.
En esa tensión entre el poder simbólico de Cristina y la autoridad de facto de Karina, emerge una lectura política inevitable: el país está ante una reconfiguración silenciosa del sistema de alianzas, donde los viejos antagonismos se difuminan en favor de la supervivencia y la estrategia.





