Santa Rosa y Buenos Aires (2b) – En medio de la euforia oficial por la seguidilla de victorias parlamentarias, hay un frente que continúa generando preocupación en la gestión de Javier Milei: la inflación. Febrero volvió a mostrar subas de precios que, según las estimaciones privadas, podrían ubicar al IPC en torno al 2,9%, un nivel similar al de enero. El dato no es menor, porque históricamente febrero suele ser un mes de inflación moderada.
En parte, esto se explica porque tiene menos días que otros meses y porque no concentra aumentos estacionales tan marcados como diciembre —con el impacto de las fiestas en alimentos— o enero —con el peso del turismo y la hotelería—. Sin embargo, este año el segundo mes se presentó “recargado”.
Por un lado, ya estaba previsto el traslado a precios de ajustes postergados en tarifas de electricidad y gas. Ese reacomodamiento impacta directamente en el rubro “Vivienda, agua, electricidad y combustibles”, que todavía arrastra subsidios y distorsiones. Pero más allá de lo planificado, hubo un factor que volvió a descolocar las previsiones: el fuerte aumento en alimentos y bebidas no alcohólicas.
Las consultoras privadas estiman que el rubro alimentos cerraría febrero con una suba promedio superior al 4%, apenas por debajo del 4,7% registrado en enero. Aun así, continúa por encima del nivel general del IPC y acumula varios meses consecutivos creciendo más que el promedio. Se trata de un dato sensible, no sólo por su impacto en el bolsillo cotidiano, sino porque es el componente que más incide en los índices de pobreza e indigencia.
En comparación con febrero del año pasado, cuando los alimentos habían aumentado alrededor de 3,2%, el deterioro es evidente. Y la tendencia preocupa: de confirmarse los datos, serían cinco meses consecutivos con alimentos creciendo por encima de la inflación núcleo, lo que debilita la narrativa oficial de desaceleración sostenida.
La paradoja de la carne
Dentro del rubro alimentos, la carne volvió a ser protagonista. Con aumentos que rondaron el 5% mensual, superó ampliamente el ritmo general de precios. El fenómeno llama la atención porque febrero no suele ser un mes de fuerte demanda. Sin embargo, los especialistas del sector ganadero explican que la suba responde a una menor oferta: la caída del stock vacuno lleva a los productores a retener animales para recomponer rodeos.
El mercado de Cañuelas mostró precios del novillito que superaron los $5.000 por kilo vivo en algunos momentos, con fuertes incrementos respecto de fines del año pasado. Y como los ciclos biológicos del ganado son largos, el proceso de recomposición del stock podría tardar varios años, lo que anticipa precios sostenidos en el mediano plazo.
Aquí aparece otro elemento de debate: la metodología del IPC. El índice actual mantiene ponderaciones que, según algunos economistas, no reflejan con precisión el patrón de consumo actual. Durante la gestión de Marco Lavagna al frente del Indec se había diseñado una actualización de la canasta que incrementaba el peso de los servicios públicos y reducía el de la carne vacuna, en línea con la caída del consumo per cápita respecto de 2004. Sin embargo, el ministro de Economía, Luis Caputo, decidió postergar ese cambio.
Además de la carne, otros componentes de la canasta alimentaria también presionaron al alza: bebidas no alcohólicas y panificados mostraron incrementos superiores al promedio, consolidando el impacto en el rubro.
Sin alivio inmediato
A la presión de los alimentos se suma la continuidad del ajuste en tarifas y transporte. Desde el punto de vista fiscal, el recorte de subsidios es clave para sostener el equilibrio de las cuentas públicas. Pero ese mismo proceso implica aumentos en servicios regulados que impactan directamente en el IPC.
El propio Caputo ha señalado que aún no se completó el “cambio de precios relativos” entre bienes y servicios. En términos prácticos, eso implica que todavía podrían registrarse subas adicionales en servicios públicos antes de consolidar el proceso desinflacionario.
Marzo, además, no suele ser un mes benigno en materia inflacionaria. El inicio del ciclo lectivo, los aumentos en educación privada y el cambio de temporada en indumentaria suelen poner un piso elevado al índice. Por eso, en el mejor de los casos, el alivio podría recién percibirse hacia abril.
Importados y paritarias
Un factor que sí ha contribuido a moderar el índice es la mayor presencia de productos importados en rubros como electrónica, textiles y neumáticos. La apertura comercial y el tipo de cambio apreciado en términos reales han abaratado ciertos bienes, compensando parcialmente las subas en alimentos y servicios.
No obstante, el escenario inflacionario obliga a revisar expectativas salariales. En varias paritarias recientes se acordaron incrementos mensuales cercanos al 3,5%, superiores a lo que originalmente buscaba convalidar el Gobierno. La necesidad de recomponer ingresos frente a la persistencia de aumentos en alimentos tensiona el objetivo oficial de anclar expectativas.
En definitiva, aunque la inflación se encuentra lejos de los picos de meses anteriores, febrero dejó en claro que el proceso de desaceleración no está completamente consolidado. El desafío para el equipo económico será sostener el orden fiscal sin que los ajustes pendientes en tarifas y la presión en alimentos vuelvan a poner en duda la tendencia descendente del índice general.





