Buenos Aires (2b) – La decisión del Gobierno nacional de retirar el sable corvo del general José de San Martín del Museo Histórico Nacional para trasladarlo al Regimiento de Granaderos a Caballo volvió a abrir una disputa política, histórica y simbólica que atraviesa buena parte de la historia argentina y que, una vez más, expone el uso del pasado como campo de confrontación en el presente.
La medida fue oficializada mediante el Decreto 81/2026, firmado por el presidente Javier Milei y el ministro de Defensa, Carlos Presti, y derivó este martes en la renuncia indeclinable de la directora del Museo Histórico Nacional, María Inés Rodríguez Aguilar. La funcionaria consideró que la decisión se apoya en una interpretación parcial y discutible del proceso histórico de donación y custodia de la pieza.
El decreto establece que el sable —uno de los símbolos más relevantes de la independencia— dejará el museo ubicado en Parque Lezama para quedar bajo custodia permanente del Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín”, creado por el propio Libertador. Desde el Ejecutivo sostienen que se trata de “restituir” el objeto a su ámbito natural y garantizar su preservación.
Sin embargo, el conflicto excede largamente una cuestión de seguridad o conservación. El sable corvo fue donado en 1844 por José de San Martín a Juan Manuel de Rosas, en reconocimiento —según consta en la correspondencia del Libertador— a su defensa de la soberanía nacional frente a las potencias extranjeras. Décadas más tarde, ya tras la caída de Rosas, la pieza quedó bajo custodia estatal y, finalmente, fue incorporada al patrimonio nacional en 1897.
Desde entonces, el sable se convirtió en un objeto atravesado por disputas de sentido: para algunos, un símbolo exclusivamente militar; para otros, una reliquia histórica que expresa una idea de Nación, soberanía y proyecto político. En ese marco, el Museo Histórico Nacional no fue un espacio neutro, sino una elección deliberada para resguardar una pieza cuyo valor excede lo castrense.
Rodríguez Aguilar lo explicitó en declaraciones periodísticas al recordar que el conflicto en torno al sable “no es nuevo” y que ya atravesó distintos momentos de la historia argentina, desde la donación a Rosas hasta las intervenciones posteriores durante el siglo XIX. “Forma parte de los sectarismos extremos de la sociedad”, sostuvo, al cuestionar la lectura oficial.
La renuncia se produjo además en un clima de tensión creciente. Trabajadores del museo denunciaron en los últimos días episodios de hostigamiento y la irrupción de grupos de jóvenes que se identificaron como libertarios y exigieron el traslado del sable al regimiento, con consignas de fuerte contenido político.
El Gobierno, por su parte, remarcó que el sable integra el patrimonio histórico de la Nación y recordó que fue robado en dos oportunidades mientras se encontraba en el museo, en 1963 y 1965. No obstante, especialistas en patrimonio cultural advierten que el problema no es solo dónde se guarda la pieza, sino qué relato histórico se privilegia al hacerlo.
En
ese sentido, la decisión oficial parece inscribirse en una estrategia más amplia de resignificación del pasado, donde figuras como San Martín son despojadas de su complejidad política para ser reducidas a símbolos deshistorizados, funcionales a disputas actuales. La relación entre San Martín y Rosas —documentada, aunque objeto de interpretaciones diversas— vuelve así a ser leída desde una lógica binaria que poco aporta a una comprensión rigurosa del proceso histórico.
La ceremonia de entrega del sable se realizará este sábado en el Campo de la Gloria, en San Lorenzo, Santa Fe. Lejos de clausurar el debate, el traslado vuelve a colocar a una de las reliquias más emblemáticas del país en el centro de una discusión que revela hasta qué punto la historia sigue siendo, en la Argentina, un territorio en disputa.





