Santa Rosa y Buenos Aires (2b) – El Gobierno nacional tiene listo un decreto para avanzar en la baja de retenciones a la exportación de autos, una medida que busca mejorar la competitividad de una industria clave pero que, a la vez, expone nuevas tensiones dentro del esquema económico libertario.
La decisión apunta a reducir —e incluso eliminar en algunos casos— el derecho de exportación que hoy pagan los vehículos producidos en el país, un impuesto cercano al 5% que encarece los costos y resta margen frente a competidores internacionales. En un contexto donde la apertura importadora ya golpea a la industria local, el Ejecutivo intenta aliviar uno de los reclamos históricos de las automotrices.
La movida no es aislada: forma parte de una política más amplia de desarme de retenciones que el gobierno de Javier Milei viene aplicando sobre distintos sectores industriales y productivos, con el argumento de ganar competitividad externa y generar más dólares. Sin embargo, el caso automotor tiene una particularidad: es uno de los pocos rubros industriales que todavía seguía pagando este tributo de manera generalizada.
En los despachos oficiales sostienen que el decreto ya está redactado y que solo restan definiciones técnicas para su publicación. La intención es clara: abaratar exportaciones en un sector donde más del 50% de la producción se vende al exterior y donde cada punto de costo puede definir mercados.
Pero detrás de la medida hay algo más que un simple incentivo productivo. La baja de retenciones también reabre la discusión sobre el costo fiscal en un momento donde el Gobierno sostiene el ajuste como bandera central. Cada impuesto que se elimina implica resignar ingresos, y en ese equilibrio delicado aparece la pregunta de fondo: hasta dónde puede avanzar Milei con su plan de desregulación sin comprometer las cuentas públicas.
Además, el decreto podría generar ruido político. Sectores industriales que todavía no fueron alcanzados por beneficios similares presionan para entrar en el mismo esquema, mientras que dentro del propio universo automotor persisten desigualdades: algunos modelos ya estaban exentos por regímenes especiales y otros seguían pagando, lo que generaba una competencia interna distorsiva.
En ese marco, la baja de retenciones a los autos aparece como una jugada de doble filo: por un lado, busca reactivar exportaciones y darle aire a una industria golpeada; por otro, suma presión sobre el frente fiscal y expone las tensiones de un modelo que promete menos impuestos en un país que todavía necesita recaudar.
El decreto está listo. La discusión, en realidad, recién empieza.





