Santa Rosa (2b) – El mercado laboral volvió a dar una señal incómoda que ya no se puede relativizar con discursos optimistas. Según los últimos datos del INDEC, la desocupación trepó al 7,5% en el cuarto trimestre de 2025, con una suba de 1,1 puntos interanual. Pero detrás del número nacional hay una dinámica que empieza a sentirse con fuerza en ciudades intermedias como Santa Rosa y Toay.
El dato clave no es solo que hay más desocupados. Es que el sistema está absorbiendo peor a quienes salen a buscar trabajo. En términos concretos: creció la cantidad de personas activas, pero cayó el empleo. Esa brecha es la que explica el aumento de más de 200 mil desocupados en todo el país.
En el conglomerado Santa Rosa–Toay, aunque no figure entre los picos más altos del ranking nacional, la tendencia se replica con matices propios. La estructura económica local —con fuerte peso del comercio, la construcción y los servicios— es particularmente sensible a los vaivenes del consumo y la obra pública. Y ahí es donde empiezan a aparecer las primeras señales de enfriamiento.
De hecho, a nivel país, la construcción encabeza el ranking de sectores que expulsan trabajadores, concentrando casi el 20% de los desocupados. No es un dato menor para una región donde ese rubro funciona como termómetro inmediato de la actividad. Cuando se frena la obra, se siente rápido y en cadena.
El otro dato que empieza a preocupar —y que también tiene correlato local— es el cambio en la calidad del empleo. La caída del trabajo formal explica casi toda la baja de la tasa de empleo, mientras que la informalidad crece, aunque sea levemente. Es decir, no solo hay menos trabajo: el que aparece es más precario.
En Santa Rosa y Toay, esto se traduce en una escena cada vez más frecuente: más personas buscando changas, más presión sobre el comercio minorista y una competencia creciente por ingresos que no alcanzan. No es casual que muchos hogares estén sumando integrantes al mercado laboral para compensar la pérdida de poder adquisitivo.
El impacto también es generacional. Los jóvenes son los más golpeados por el deterioro del mercado laboral, con subas fuertes en la desocupación tanto en varones como en mujeres menores de 30 años. En ciudades con alta proporción de estudiantes y primeros empleos, como Santa Rosa, el dato no pasa desapercibido.
Hay, además, un fenómeno que empieza a consolidarse y que rompe cierta lógica histórica: crece la economía, pero no el empleo. La actividad se expande en sectores que demandan poca mano de obra, mientras que los rubros más intensivos en trabajo siguen en retroceso. Esa desconexión es la que explica por qué, aun con algunos indicadores macro en recuperación, la sensación social va en sentido contrario.
En clave política, el dato también incomoda. Porque el deterioro del empleo no solo impacta en la economía doméstica, sino que empieza a colarse en la agenda pública como una de las principales preocupaciones. Y en territorios como La Pampa, donde el empleo público y el entramado productivo local funcionan como amortiguadores, cualquier fisura se vuelve más visible.
En Santa Rosa–Toay, por ahora, no hay estallidos ni cifras extremas. Pero sí hay una tendencia que se insinúa y que, de sostenerse, puede convertirse en problema estructural. Más gente buscando trabajo, menos oportunidades reales y un mercado que empieza a crujir en silencio.





