Buenos Aires (2b) – Mientras Javier Milei espera que el crecimiento económico termine derramando sobre el bolsillo de los argentinos, la Casa Rosada profundiza una estrategia política que busca recuperar la iniciativa pública a través de la confrontación ideológica y la polarización con el kirchnerismo. El asesor comunicacional, uno de los más cercanos al mandatario, desarrolla una estrategia de re-enamoramiento del núcleo duro de aquel electorado que lo acompañó a la Presidencia.
En las últimas semanas, el Presidente encabezó una serie de movimientos que exceden la agenda económica: endureció su discurso internacional, intervino en debates políticos de otros países, anunció por cadena nacional la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y volvió a instalar temas vinculados a la denominada «batalla cultural». Se trata de una maniobra que desarrolla el reconocido ‘Mago del Kremlin’, Santiago Caputo.
Todo ocurre en un contexto en el que el oficialismo reconoce que la mejora macroeconómica todavía no se traduce en una recuperación perceptible para buena parte de la sociedad. Diversas consultoras privadas coinciden en que la economía continúa siendo la principal preocupación ciudadana y que el consumo permanece deprimido.

En ese escenario, la reaparición de Cristina Fernández de Kirchner con una presentación ante Naciones Unidas para cuestionar su condena volvió a colocar al kirchnerismo en el centro de la escena política. Para el Gobierno, el regreso de la expresidenta al debate público resulta funcional a una estrategia que busca reinstalar la polarización y dificultar la consolidación de una alternativa opositora por fuera de ese esquema.
El secretario de Redacción de Clarín, Eduardo van der Kooy, sostuvo que la ofensiva política del oficialismo fue diseñada para sacar a Milei del debate exclusivamente económico mientras espera que aparezcan resultados concretos en materia de ingresos y consumo.
En paralelo, el Ejecutivo intenta blindar uno de los pilares de su programa económico: la estabilidad monetaria. La reforma del Banco Central enviada al Congreso apunta a reforzar su autonomía, impedir el financiamiento monetario del déficit y convertir el control de la inflación en el único objetivo del organismo.
Sin embargo, distintos indicadores siguen mostrando tensiones. La utilización de la capacidad instalada industrial continúa en niveles bajos, el consumo masivo no logra recuperarse y crece la preocupación por el endeudamiento de las familias y la pérdida del poder adquisitivo.
Con ese panorama, el Gobierno parece apostar a sostener la centralidad política mediante una agenda de alto impacto mientras aguarda que la economía ofrezca los resultados que considera indispensables para encarar el desafío electoral de 2027.





