Santa Rosa (2b)- A casi dos meses de la ensordecedora repercusión mediática y el oculto fogoneo político que determinaron una horda de tomas de terrenos y asentamientos en toda la capital provincial a partir del resurgimiento de El Nuevo Salitral, la moralina progre y el escozor de la miseria parecen haber retrocedido como la marea matinal. Y allí están entonces el puñado de olvidados que siguen con los mismos problemas, las mismas carencias, ya lejos de los intereses efímeros. El 15 de julio un relevamiento municipal solicitado por Nación arrojó la presencia de 130 núcleos familiares y 400 habitantes en el asentamiento cercano a la laguna, a los que se sumaban unos 90 del Santa María. Un mes después, dosbases recorrió las mismas zonas, y el panorama es desolador: un total de 15 precarias chozas dominan el horizonte, y un puñado de familias siguen ahí, con la mismas carencias y el olvido de siempre.
Cuando asome una cuestión política, seguramente la política estará oculta. Las tomas en Santa Rosa no fueron la excepción: Bastó una advertencia de 2b acerca del castigo que el propio peronismo planeaba hacer tronar hacia el diputado electo que arengó las ocupaciones, para que en pocos días los desamparados volviesen a estar desamparados.
Sí es cierto que las tomas sacaron a superficie la pobreza, que se instalaba ahí nomás en la laguna Don Tomás. Ya no estaba reservada para los extramuros, y a la vez combinaba la crisis habitacional que, en La Pampa, pareciera ser un tema tabú. Porque resulta que a todos nos indigna la pobreza: están quienes la romantizan a la distancia, quienes reconocen su utilidad y quienes prefieren hacer como que no está. En la tierra de viejos caciques, de inmigrantes desplazados por la resequedad que produjo el robo del Atuel en los años 40, aparecieron los asentamientos medio siglo después; en la zona húmeda del Nuevo Salitral ubicada detrás de la Laguna Don Tómas, que hoy sigue cobijando a los sin techo, a trabajadores del día a día, a los que están por fuera del sistema de viviendas públicas o del negocio inmobiliario. ¿Pero acaso el asentamiento ya no existe? ¿Qué sucedió para que el tema, tan expuesto y abordado con sentimentalismo haya quedado en el olvido?
Recapitulemos. La primera toma había sido en el Nuevo Salitral, unos días después se expandió al Barrio Santa María de La Pampa y al barrio “El Molino”. Durante un primer recorrido sobre la efervescencia de los asentamientos, se observaba un espectáculo similar al de un parque de diversiones, donde encontrábamos a organizaciones políticas; la comunidad solidaria, fotógrafos buscando el mejor enfoque y curiosos de todo tipo. El pase de facturas entre la municipalidad y provincia intentaban aportar el razonamiento lógico ante tal afrenta.

Se discutía, por aquellos días, sobre si eran espontáneos o no los asentamientos, aunque discutir estos planteos – o la voluntad de los ocupantes- poco importa, lo que importa son los trasfondos, lo que no se termina de decir… aunque moleste.
Los intereses políticos en juego fueron la clave: Leonardo “Tapera” Avendaño – militante social y referente del Frente Peronista Barrial- era un actor importante en la expansión de los asentamientos, sumado a la crisis habitacional. El rol le sentó demasiado bien y se pasó de rosca junto a su pareja y su hermano, Néstor Fabián Avendaño, combinando los poco compatibles intereses del peronismo actual con el sinuoso Movimiento Evita, una agrupación que -hasta el 11 de agosto- combinó sus intereses con lo más rancio del macrismo.
Los cuestionamientos hacia la municipalidad por “criminalizar la pobreza”, resultaron ser una puerta necesaria para presionar políticamente desde el gobierno provincial. El Ministerio Público Fiscal, así, acudió a mediados de julio a tomar nota sobre los sumarios policiales abiertos durante las tomas. Acto seguido, la Unidad de Delitos Contra la Propiedad a cargo de Facundo Bon Dergham empezó a citar testigos.
No fue necesario hacer mucho más. En medio de ese panorama, con la posibilidad concreta de perder su banca en caso de ser imputado, el propio diputado Avendaño hizo firmar a las familias el «desistimiento» de las tomas. El cargo, claro, importa más en estos casos.

Volviendo al territorio por un momento. Cualquiera que camine el descampado sobre del Nuevo Salitral, puede visualizar que los asentamientos todavía existen. Quedan alrededor de 15 familias todavía soportando las últimas heladas de este crudo invierno inflacionario.
A lo lejos todavía se pueden observar las viviendas de emergencia. Un niño jugando con una pistola en su mano, alrededor el mismo descampado de siempre y a unos metros un puesto de la policía de La Pampa, allí, el Nuevo Salitral con sus familias olvidadas. El niño jugando mientras su padre martilla unas maderas en el suelo, lo que parece ser, una hermosa casita construida con ingenio, amor y necesidad… Y ahora, también soledad.





